El vino siempre estuvo en casa
Llevo rodeada de vino desde que nací. Mis amigas del colegio, al entrar en casa, decían que mi casa olía a bodega, a vino. Y era extraño, porque vivíamos en mitad de una ciudad y eso no era lo habitual.
El mundo del vino viene de mi bisabuelo, que vendía vino a granel transportado en carros a los vecinos. La historia siguió y la continuó mi padre. Las bombas llenando las tinas sonaban sin parar en casa, y aquel almacén-bodega también formaba parte de mi vida.
No tengo una historia espectacular. No puedo decir que siempre fui fan del oficio de mi padre ni que aquello me pareciera el santo grial en el que focalizar mi futuro. Pero sí era mi mundo.
“Huele, pero sin probar”, me decía mi padre a los 9 años.
Aquello se fue convirtiendo en un juego: descubrir olores distintos dentro de una bebida que, aparentemente, era siempre la misma.
¿Y el vino? ¿Dónde estaba el vino?
Crecí. Adolescencia, exámenes, salidas a cenar con amigos… y fue ahí, en esas primeras cenas, donde me topé con una realidad: mis amigos no bebían vino.
Pasaban de la Coca-Cola al cubata. Del no alcohol lleno de azúcar al subidón descontrolado de una bebida de 40 grados. Pero el vino no aparecía en la mesa.
Ahí descubrí lo que mi alrededor pensaba sobre algo que para mí era cotidiano. Algunos me decían que aquello era para mayores, para “entendidos”. Que para disfrutar una copa tenías que saber lo que estabas bebiendo.
Que el vino venía acompañado de tecnicismos imposibles y palabras lejanas como tanino, terroir o la maldita astringencia, que hasta cuesta decirla bien a la primera.
Otros me decían que aquello era muy fuerte. ¿Perdona? ¿Y un chupito de tequila después de cenar no lo es?
El vino no era difícil.
Lo habíamos hecho difícil.
Me negué a aceptarlo
Me negué a aceptar que un producto con cuatro generaciones de historia en mi familia no tuviera sitio en la mesa de mi generación.
Pero, sobre todo, me negué porque aquello estaba bueno. Muy bueno. Y nadie se atrevía a descubrirlo porque el vino se había rodeado de un muro de palabras que no invitaban a entrar.
Con el tiempo entendí algo que cambió mi forma de verlo todo: detrás de cada botella hay tierra, vida, esfuerzo y una historia que merece ser contada.
Alguien la creó para que tú la disfrutes. El vino es uno de los pocos productos del mundo creado únicamente para el placer. Y, aun así, habíamos conseguido convertirlo en algo intimidante.
Por eso nace IZZY
IZZY Wine nace de esa indignación. De la convicción de que no necesitas saber qué es la maloláctica para disfrutar de una copa un martes por la noche.
De que no todos los vinos son para todo el mundo, igual que no todos encajamos con todos. Y eso no va de mejor o peor.
Va de ti.
De lo que te apetece hoy, que puede ser completamente distinto a lo que te apetezca mañana.
Mi trabajo es ayudarte a descubrirlo. Sin poses, sin exámenes, sin esa cara de “¿en serio no sabes lo que es un coupage?” que lleva años alejando a la gente del vino en lugar de acercarla.
Aquí el vino se cuenta como se cuentan las cosas entre amigos: sin filtro y con ganas de que lo disfrutes.
El mejor vino no es el más caro.
Ni el mejor puntuado.
Es el que te gusta a ti. Así que empieza por donde quieras, prueba, equivócate si hace falta y quédate con lo que te haga feliz.
Descubre qué vino va contigo